martes, 30 de abril de 2013

De costumbres quiero vivir mi vida.


Quiero acostumbrarme a tu mirada. Y a tus manías. Y a los domingos de películas. Y a viajar por el mundo recorriendo cada parte de tu piel. Quiero acostumbrarme a despertar a tu lado y a tus buenos días, a que me digas que no quieres levantarte, que quieres quedarte un rato más conmigo. Quiero acostumbrarme a todas tus mejores palabras, aunque suenen a esperpento. Sólo quiero acostumbrarme a no tener que bajarme del mundo porque sé que tú seguirás ahí, sosteniéndome. Quiero acostumbrarme a tus dedos, ocupando ese encaje perfecto entre los míos. A tus labios. Y a tu sonrisa.
Que la vida se nos vaya de las manos, que cometamos el peor de los errores, que sigamos, que nos levantemos, que nos miremos, que discutamos, que nos peleemos, que nos besemos. Todo, ocupando siempre la primera persona del plural. Que no importe nada más que tú y yo, porque tienes la costumbre de ir haciéndote cada vez más una necesidad necesaria.

viernes, 5 de abril de 2013

"Querida Amie"




Cogió los folios que le había pedido al doctor Milton y que había dejado en la mesa de al lado de su cama. Había poca luz, pero ella lo prefería así. Era de madrugada, Orlando dormía a pata suelta en su cama y podía escuchar sus ronquidos y alguna que otra palabra que soltaba soñando. Se oía también el teclado de las médicas y sus susurros.
No sabía cómo comenzar la carta. Siempre le había costado empezar a escribir.

Querida Amie:
Lo siento.

Arrugó el papel y comenzó a llorar.
Empezó a escribir en otro folio:

Supongo que me estarás odiando. Lo siento. Siento que tengas que pasar por esto. No te imaginas lo culpable que me siento, pero es peor cuando una se siente como una bomba para los demás. Como una bomba a la que le quedan pocos segundos, que está a punto de explotar. Ya sabes por qué.
No quería conocer a nadie más. Ya era suficiente que mis padres tuvieran que sufrir por mi culpa, por tener esta enfermedad que me va matando poco a poco. Era más que suficiente.
Has sido lo mejor que me ha pasado en la vida. Has sido mi apoyo de cada día, la persona que me daba ganas de vivir lo poco que me queda de vida.
No te doy las gracias porque nunca sería suficiente.
Recuerdo aquella primera vez que nos cruzamos. Tú, que acababas de salir de la consulta del doctor Milton, y yo, que daba vueltas por este maldito hospital que se había convertido en mi hogar. Salías de la consulta llorando y nos chocamos. Te acababan de decir que ya no había vuelta atrás, que te quedarías ciega para siempre, a no ser que encontrases un donante de córnea. Recuerdo cómo a partir de entonces nos veíamos todos los días. Tú empezaste a venir a hacerme compañía. A partir de ahí, nuestras vidas cambiaron para siempre, y no sólo por el hecho de que te quedarías ciega y por mi cáncer, sino por aquél lazo invisible tan fuerte que nos unió.
Con tu compañía en el hospital cada día me hiciste ponerle más ganas a eso de llevar el día a día, hiciste que cada noche fuese un continuo “que amanezca ya, por favor, que amanezca ya…”, fuiste la razón más importante de querer despertarme al día siguiente. Eres eso y mucho más. Hasta el doctor Milton me lo decía: “Anna, sea lo que sea lo que te dé esas ganas de seguir luchando, no lo pierdas”. Por supuesto que nunca he querido perderte.
El pobre del doctor Milton siempre tuvo que aguantar a Orlando, mi compañero de habitación desde que entré en el hospital. Siempre andaba haciendo de las suyas, a pesar de sus setenta y pico años. Para nosotras Orlando era el mejor de todo el hospital. Cuántas risas nos hemos echado por su culpa. ¿Recuerdas esa vez que salió al pasillo  desnudo porque se había enterado de que había una médica nueva? “Estaba seguro de que si le enseñaba mis dotes, la enamoraba” le decía al doctor Milton cuando le traía devuelta a la habitación. “Si, sí. Estoy seguro de ello” le contestaba el doctor, ya acostumbrado a las locuras de Orlando.
Aunque no todo eran locuras. Cuando tenía que ser serio, lo era. Siempre que me veía decaída o llorando, se acercaba a mí y me decía “Pequeña, llora todo lo que quieras… sé que a veces uno tiene que soltar todo lo que lleva dentro” y me abrazaba. Nadie más conseguía darme tanto cariño como él.
Orlando era como un abuelo más.
También recuerdo cuando se enamoró de la señora Josefa de la habitación vecina. Era todo un Don Juan. Todas las mañanas iba hacia allí y le decía “¡Buenos días, princesa!” como en la película; o como aquella vez que no había regresado a la habitación y le encontramos en la habitación de ella durmiendo abrazados, a pesar de que el doctor Milton le había prohibido que lo hiciera.

Paró de escribir un momento y miró hacia la mesa de donde había cogido las hojas y el bolígrafo. Vio el ramo de rosas que había en un jarrón y se dio cuenta de que empezaba a marchitarse.

Recuerdo que en San Valentín vino con dos ramos de rosas para nosotras dos. A saber dónde y cómo los había comprado, porque no se nos permitía salir del hospital. Ese día vino con los ramos y nos dijo: “He aquí los ramos de rosas más grandes para las dos princesas de éste, mi castillo” con una sonrisa que iluminaba todas las habitaciones del hospital.
Cuántos buenos momentos hemos pasado juntas…

Esta vez paró de escribir porque una lágrima había manchado sus palabras.

Quiero pedirte que no me odies por lo que he hecho, en todo momento he pensado en ti.
Estoy enamorada de ti. Irremediablemente enamorada de ti. Y has sido mis ganas de seguir luchando cada día. Por ti. Para ti.
A veces la felicidad la conoces mucho antes de lo que esperas…
Gracias Amie, de verdad, por regalarme esta vida. No encuentro las palabras adecuadas para decirte lo que siento.
Antes de irme de este mundo obligada, quise dejarte algo que formase parte de las dos. Sé que estarás leyendo esta carta después de haberte operado del trasplante de córnea. Es mi forma de agradecerte todo lo que has hecho por mí y que nadie más pudo hacerlo. Ahora formo parte de ti. Ahora soy yo la que te enseña el mundo a través de mi mirada.
Cada vez que venías desanimada después de que el doctor Milton te dijera que no habían encontrado ningún trasplante, se me rompía el alma. No podía verte tan mal. Siempre me preguntabas que por qué suspiraba y yo te contestaba: “¿Sabes ese suspiro que necesitas sacar fuera cuando sientes que todo revienta por dentro? Pues es algo así”.
Tengo que decirte otra cosa: no me busques. No me busques, por favor. Las despedidas nunca se me dieron bien, y menos así. Quiero que sigas viviendo como siempre lo has hecho y que sonrías.
Cuando pasas una puerta que se cierra con llave por dentro y no puedes abrirla, tienes que seguir el camino que te lleva por esa puerta, no te quedan más opciones. Y yo necesito cerrar esta puerta con llave y candado y destruir la llave si hace falta. Lo último que quiero es que sufras por mi muerte, por eso he decidido irme de este hospital y desaparecer.
Recuerda que siempre, léeme bien, SIEMPRE estaré contigo.
Estoy en ti.
Anna.