sábado, 22 de diciembre de 2012

Tú, pequeña consentida.



Tú. Que estás ahí, sentada en cualquier lugar leyendo mis palabras. Tú, que sabes lo que es el amor no correspondido, lo que duele, que sabes lo que es enamorarse, que sabes  las consecuencias que ello conlleva pero que aun así no puedes evitar sentirlo. Tú, musa de mis palabras, de mis sonrisas, de mis miradas y de mis lágrimas, que sonríes, que lloras por las noches como nadie, que sientes intensamente. Que eres casi totalmente feliz y no por mi culpa. Tú, que vives sin pensar en el pasado, que vives por y para el presente, que no miras el camino hacia atrás sino hacia adelante, que vives por y para él. Tú, pequeña consentida, que eres como una canción que estremece. Tú, que lees esto, nunca dejes de sonreír.





Pasa por aquí.

sábado, 1 de diciembre de 2012

Siempre.

No podía ver con claridad. El humo impedía que el soldado pudiera ver delante de sus ojos. Se quedó resguardado detrás de aquellas piedras que hacían que pasase desapercibido. Estaba muy agitado, no podía más. Pero no estaba agotado físicamente, sino que estaba cansado de tantas pérdidas. Quería acabar ya, o que el mundo acabase en un abrir y cerrar de ojos, porque estaba harto de vivir esa horrible pesadilla.
La guerra acababa de empezar, pero parecía que hubiesen pasado varios días desde que había empezado. Muchos de sus compañeros habían caído y no paraba de preguntarse por qué. Por qué a ellos. Por qué tenían que estar ahí. Por qué se sentían obligados a formar parte de esa pesadilla. No aguantaba más, una pequeña lágrima salía de sus ojos cerrados y recorría su rostro. Nunca jamás podría sacarse de la cabeza la forma en que todos sus compañeros habían perdido la vida defendiendo a saber qué, en vez de defender su vida. Sobre todo la imagen de su mejor amigo, aquél que había conocido años atrás, al empezar el cargo.
Iban los dos juntos, defendiéndose el uno al otro en el territorio, sosteniendo entre sus manos armas que odiaban tener que utilizar. De repente, y sin darse cuenta, apareció un soldado enemigo que estuvo a punto de dispararle. Su amigo no lo pensó dos veces. Le empujó hasta caer al suelo y escuchó dos disparos, uno detrás de otro, de diferentes lugares. El enemigo había caído al suelo del impacto de la bala. Se levantó y vio cómo su amigo caía lentamente al suelo, cómo su vida se desplomaba. Corrió hacia él sin entender por qué lo había hecho. Por qué alguien había dado la vida por él. No lo entendía. Como pudo y sacando fuerzas de donde no tenía, su amigo sacó una foto de su bolsillo. “Quiero… que cuides de él…” le dijo, y la vida se le escapó de la mirada. Cogió la mano de su amigo con la foto y lloró. Lloró sin poder parar.
Abrió sus ojos y observó por segunda vez aquella foto que su amigo le había dejado. En ella aparecía el rostro inocente de un niño de no más de cinco años, sonriendo. Levantó la mirada al cielo y dijo: “Siempre. Siempre cuidaré de él, como si fuera mi propio hijo. Te lo prometo.”


Pásate por aquí.