domingo, 16 de octubre de 2011

Contigo, hasta el fin del mundo.


                Cuando se vieron, fue como si miles y miles de mariposas chocaran y revolotearan en su estómago, como si tropecientos de estrellas fugaces barrieran el cielo de noche, todas y cada una de esas estrellas de un color distinto, provocándole tal sonrisa, que cualquiera que le viera se la contagiaba, una sonrisa descomunal.
         – ¿A dónde vas? – le preguntó ella.
         – Voy a la capital a pasar el rato con unos amigos… ¿y tú? ­–le hubiera gustado decir que iba hasta el fin del mundo con ella, pero no, no lo dijo.